FRANCO, HUÉSPED DE HONOR EN BURGOS

 

                                                                                                        Luis Castro

 

 

 

            El 19 de mayo de 1939, pocas semanas después del final de la Guerra Civil, tiene lugar en Madrid el apoteósico desfile de la Victoria. Es el homenaje del ejército, buena parte del cual ha logrado aupar a su Caudillo hasta donde ahora le ve exultante, tras sublevarse contra el gobierno de la II República y provocar una guerra civil con cientos de miles de muertos. Tras recibir la Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración del ejército español, Franco contempla desde la alta tribuna el desfile de 120.000 hombres del Ejército Nacional, con participación de tropas portuguesas, italianas y alemanas. En medio del gentío, las distintas unidades marchan interminablemente –cinco horas- por la recién bautizada Avenida del Generalísimo. Cerca de la tribuna ondean, entre banderas y guiones militares, el llamado pendón de las Navas de Tolosa, guardado en las Huelgas, y el estandarte custodio del Cid Campeador, llegados expresamente desde Burgos para dar realce al desfile.(1) Según Diario de Burgos, que da cuenta del acto, se trata de “banderas que recuerdan los grandes momentos gloriosos de la Historia de España”.

 Al día siguiente, Franco recibiría el acatamiento solemne de toda la jerarquía eclesiástica, encabezada por el cardenal primado, Isidro Gomá, que le recibe en el templo de las Salesas y le hace entrar bajo palio en medio de palomas sueltas, salvas de artillería y repique general de campanas. Dentro, el solemne Te Deum es amenizado por el coro de los benedictinos de Santo Domingo de Silos. Se trata, en este caso, de la acción de gracias por la victoria sobre el Mal y la Materia, tras una Cruzada bendecida por la iglesia (a petición, por cierto, del propio dictador). Tan desmesuradas fueron las loas y los signos de pleitesía por parte de la jerarquía católica en esa ocasión, que algunos presentes se escandalizaron en su fuero interno.

 

            Burgos, la cabeza de Castilla que aún seguía siendo en esa fecha la capital de la “España Nacional”, debía estar presente en esos actos, a cuyos antecedentes había contribuido, tanto, al menos, como cualquier otra provincia, aportando sus recursos materiales, sus hombres y sus esfuerzos de retaguardia principal. Y aunque la ciudad sólo había sido residencia de Franco durante unos dos años, se había establecido una relación especial entre él y la capital castellana; por eso, a la hora de vincular al Caudillo de la emergente dictadura con el panteón de varones ilustres, una y otra vez aparecen los héroes de esta vieja Castilla, el Cid y Fernán González: 

 

 

“Parece Burgos destinada a ser cuna de resoluciones históricas debidas a Caudillos de magnitud extraordinaria. Fernán González, Rodrigo Díaz, el de Vivar, en este caso Francisco Franco... Pues en este palacio de la Isla se albergó y trabajó durante toda la Cruzada de Liberación el otro Fernán González; que si el primero fundó la nación española, Francisco Franco la salvó de la destrucción y la consolidó y afirmó por los siglos”. (2)

 

 

 

 

I.- BURGOS, ¿ CAPITAL DE ESPAÑA ?

 

 

A poco de acabar la guerra las autoridades burguesas esperaban, en su fuero interno, algún tipo de compensación por los muchos sacrificios realizados en pro de la "Nueva España", si bien de labios afuera no se cansaban de repetir que tal aportación había sido desinteresada, mero fruto de su sentido del deber patriótico. Así, en marzo de 1939, durante un pleno municipal, un edil propone solicitar que el Estado otorgue "una subvención al Ayuntamiento como capital de la Nación". La hacienda municipal había quedado exhausta y endeudada como consecuencia de sus múltiples contribuciones al bando sublevado; la ciudad tenía destrozados los pavimentos de sus vías públicas por las idas y venidas de convoyes militares y continuaban, más agravados si cabe, los viejos problemas municipales: carencia de viviendas, mal estado de las existentes, necesidad de infraestructuras y equipamientos (canalización de los ríos, red de alcantarillado, escuelas, etc.). La posguerra se presentaba muy cruda. Así y todo, el Sr. Martínez Lostau, entonces alcalde en funciones, responde que "no considera oportuno que la Corporación municipal presente al Estado factura por el establecimiento de sus organismos, ya que le ha considerado como huésped de honor". (3) 

            Pero, aunque no se pidiera, ¿no cabía esperar algo especial después de todo? Las manifestaciones que algunas altas autoridades del nuevo régimen así lo hacían concebir. Acabada la guerra, Serrano Suñer, entonces ministro de Gobernación y número dos del régimen, en una de las últimas sesiones del Consejo de Ministros celebradas en el Palacio de la Isla, estuvo a punto que provocar una pequeña revuelta de palacio al sugerir al consejo que Madrid, recién tomada, no era digna de albergar el gobierno del Nuevo Estado. 

            - Madrid -dijo 'el Cuñadísimo'- es la cuna de los errores y el caldo de las corrupciones. Y sugirió que Sevilla podría ser la nueva capital. "Está más cerca de nuestro futuro imperio africano y además es la vía de América". Pero podía ser alguna otra capital de la España interior... ¿quizá Burgos?, debió pensar alguien, teniendo en cuenta que ya se hallaban en la ciudad casi todas las dependencias oficiales y que la vieja ‘Caput Castellae’ gozaba de cierto pedigrí capitalino.(4)

            Tal propuesta encontró la más glacial acogida por parte del resto de los miembros del gobierno, incluido el propio Franco. Todos ellos se imaginaban ya ocupando sus poltronas en los edificios ministeriales de Madrid y de hecho algunos estaban haciendo preparativos para trasladar a la ciudad del Manzanares los muebles, enseres y documentación de sus dependencias. (Sin embargo, casi todos ellos verían frustradas esas expectativas, si las tenían: a primeros de agosto de 1936 Franco decide formar nuevo gobierno, en el cual todos los ministros son nuevos, salvo Serrano y Peña Boeuf. Este gobierno, llamado “de la Paz”, aún celebraría algunas sesiones en el palacio de la Isla).  

Pensando en Madrid, el dictador se veía alojado en el mismísimo palacio de Oriente, idea de la que le disuadió su cuñado Serrano, quien le recordó la vinculación del monumento con los presidentes de la República y los viejos monarcas. El palacio del Pardo, antiguo lugar de caza de los Asturias, resultaría mucho más idóneo. Así que la idea de Serrano de una nueva capitalidad no cuajó y a lo largo del verano las dependencias ministeriales y otros organismos anejos fueron trasladándose a Madrid.

Pero aún en septiembre de 1939 tiene lugar en el monasterio de Las Huelgas, con fausto renovado, la convocatoria del II Consejo Nacional de la FET de las JONS (o Movimiento), esta vez con cien consejeros, el doble que en la sesión constitutiva, pero con resultados no menos inoperantes. Uno más de una larga serie de actos políticos espectaculares de escasa o nula repercusión como los que ya se habían celebrado en Burgos y que se repetirían en la posguerra: los Días de la Raza, el Milenario de Castilla, los aniversarios del 18 de julio, etc. El 18 de octubre de 1939 Franco se despide oficialmente de la ciudad, no sin antes anunciar que "de momento sufriréis las consecuencias de la resaca producida por la marcha de los organismos oficiales que aquí se instauraron durante la guerra y en los primeros momentos de la paz, pero tenéis que prepararos para que Burgos prospere todo lo posible y tenga (...) vida industrial próspera". Lo cual será un vaticinio exacto... para treinta años más tarde. Por medio estaban los duros años de la posguerra, el conflicto mundial, el aislamiento exterior...

            Una vez más, las autoridades burgalesas le vuelven a manifestar su vasallaje con ampulosa retórica. Así, el alcalde Manuel de la Cuesta llama a todos los burgaleses para que despidan a Franco masiva y fervorosamente: ”... y la ciudad, como al Caballero de Vivar, le dio como presente el corazón y hoy le dice: “Caudillo, aquí está Burgos, Gloria a Dios en las Alturas y alabanza a ti, Salvador de España”. (Diario de Burgos. 19.10.1939). Pero las fuerzas vivas burgalesas no se resignaban a perder todos los lazos que les unían con el Caudillo. No era suficiente el haberle dado la medalla de oro de la Ciudad, nombrado alcalde honorario de la misma, dedicado una de sus mejores avenidas, felicitado y aclamado una y mil veces por sus victorias, el haberle puesto, en fin, "la ciudad a sus pies" (expresión de Pérez Manrique). Aunque se había frustrado el proyecto de hacer en Burgos el Monumento a los Caídos y el Museo de la Cruzada -ideas ambas pensadas antes que nadie por los concejales burgaleses-, el Ayuntamiento tiene un último gesto de generosidad e hidalguía con su heroico guerrero: le cede gratuitamente como residencia el palacio burgalés donde había vivido durante el últimos dos años de la contienda y desde donde había dirigido las operaciones militares hasta el “Primer Año de la Victoria”, que se esperaba fuera el comienzo de la Nueva Era Nacional-Sindicalista.

 

           

 

 

 

            II.-  LA SEGUNDA MITAD DE LA GUERRA

 

 

 

En sus primeras visitas a Burgos –por ejemplo, cuando fue nombrado miembro de la Junta de defensa, a mediados de agosto del 36- Franco se había alojado en el hotel Norte-Londres, donde solían acudir los generales y personajes importantes. Era un hotel de cierto lujo para aquel entonces, y se hallaba bien situado en las inmediaciones del palacio de Capitanía. (Durante la II República este fue sede de la VI División Orgánica, pues las reformas militares de Azaña habían suprimido las capitanías). Tras su nombramiento como Jefe de Estado el 1 de octubre del 36,  la Diputación cedió generosamente el Palacio Provincial para las ocasiones en que el Caudillo se encontrara en Burgos, aunque también sería utilizado por Carmen Polo, esposa de Franco, cuando este no se hallaba en la ciudad. Ello exigió acondicionar y amueblar toda la planta primera de la Diputación, gastos que corrieron por cuenta del Ayuntamiento y la corporación provincial, a partes iguales.

            Una vez que Franco fija en Burgos su residencia –a mediados de 1937- se requiere un lugar más idóneo, en el que pudieran ubicarse también los servicios más próximos que le rodeaban: el Estado Mayor, la Guardia personal, la secretaría particular, etc. La residencia, además, no sólo debía acoger a la familia de Franco, compuesta por su mujer y su hija Carmen, sino también a las de su primo y secretario particular –Francisco Franco Salgado Araujo-, y a la de Serrano Súñer. Las tres familias ya habían compartido alojamiento en Salamanca y aquí querían seguir igual. El lugar elegido resultó ser uno de los mejores edificios del Burgos de entonces: el palacio de la Isla, perteneciente a la familia de los condes de Muguiro. No sabemos si la casa fue cedida voluntariamente, como afirma Oliveras (5), o bien fue incautada. A los efectos hay poca diferencia, puesto que a primeros de julio de 1937 se promulga una normativa según la cual, debido a la enorme avalancha de gente que inundaba la ciudad, quedaban sujetos a carga pública de alojamiento todos los vecinos de Burgos, sin excepción alguna, de modo que un inmueble de la categoría del palacio de la Isla difícilmente hubiera escapado a la obligación de albergar a algún alto miembro, civil o militar, del nuevo régimen.

 

            Durante la segunda mitad de la Guerra Civil puede afirmarse que Burgos, la cabeza de Castilla, fue también la capital de la España insurgente, que iba creando un nuevo estado conforme destruía el de la II República. Hasta el inicio de la campaña del Norte, en la primera parte de la contienda, si bien Burgos era la sede administrativa del aparato político creado por los generales rebeldes -la Junta de Defensa primero, luego la Junta Técnica-, no es menos cierto que el centro de gravedad de la España "nacional" radicaba en Salamanca, desde el momento en que Franco fijó en ella su residencia oficial y su cuartel general. Así mismo, ciudades como Valladolid o Vitoria también contaban con organismos oficiales. (En Valladolid, por ejemplo, estaba el Gobierno General, que se ocupaba de la administración local de los territorios "liberados" y el 20 de agosto del 36 allí trasladó Mola su cuartel general del Ejército del Norte, hasta ese momento ubicado en Burgos. También entre Salamanca y Valladolid se repartían las sedes de los órganos dirigentes de Falange y de sus milicias). En ese período, el general Queipo de Llano actuaba con autonomía de virrey en Andalucía, de modo que el poder político de los insurrectos se hallaba un tanto disperso en el territorio de la “España nacional”, por más que la dirección militar única se hubiera dado a Franco a partir del 1 de octubre del 36.

            El 30 de enero de 1938 fue creado el primer gobierno de Franco propiamente dicho y se fijó su sede en Burgos. Pero Franco, como hemos apuntado, se había trasladado a esta ciudad bastantes meses antes. Según su biógrafo P. Preston, el Caudillo, con su familia, el Cuartel General y demás servicios anejos, debió mudarse de Salamanca a Burgos algunos días después de la toma de Bilbao, que ocurrió el 17 de junio de 1937 (6). Desde luego estaba ya alojado en el palacio de la Isla el 15 de julio siguiente, cuando tiene lugar una de las muchas celebraciones destinadas a sostener el ardor guerrero en la retaguardia: el Día de Homenaje al Soldado y a la Madre del Combatiente, motivo por el cual se organiza, entre otras cosas, una manifestación popular que va a desembocar al Palacio de la Isla.(7) En lo sucesivo, las manifestaciones y actos públicos (defiles, misas de campaña, etc) tienen lugar o terminan en las inmediaciones de ese  palacio, como ocurre, por ejemplo, a finales de agosto, tras la toma de Santander. En esa ocasión, Franco, que se hallaba en la ciudad, dirige unas palabras a los manifestantes.

            De este modo, la vieja ciudad castellana se convierte en el escenario de la consolidación del poder dictatorial de Franco. La formación del llamado “gobierno de Burgos” es el resultado final de un proceso que había comenzado con la integración de Franco en la Junta de Defensa inicial –motivo de su primer viaje oficial a Burgos, a mediados de agosto de 1936, que fue apoteósico- y que después tuvo hitos decisivos con la “exaltación” de Franco a la Jefatura del Estado –también con escenario en la Caput Castellae-, la militarización de las milicias y el decreto de unificación política. En diciembre del 37, como consecuencia de este decreto, los cincuenta consejeros nacionales de FET de las JONS tomaron posesión en el monasterio de las Huelgas, bajo la jefatura del Caudillo. Se trataba de remediar esa situación de "estado campamental" disperso (según Serrano Suñer) y de fortalecer y unificar el aparato político bajo el mando único de Franco, que en ese momento acumulaba los cargos de Jefe del Estado, Jefe del Gobierno, Generalísimo de los tres ejércitos y Jefe Nacional del Movimiento. Como dice Serrano en su ‘Discurso de Burgos’, “aquí [en Burgos] se inició el tránsito del Estado campamental al Estado en alguna medida sometido al orden jurídico”.

             El cambio de ubicación de Salamanca a Burgos había sido resultado de un conjunto de factores, en parte casuales, entre los cuales se encuentran la relativa cercanía de la ciudad a los frentes de guerra (el norte cantábrico,  el valle medio del Ebro y la sierra de Madrid), la disponibilidad de infraestructuras militares (cuarteles, aeródromos, hospitales, etc), el acceso a vías de comunicación importantes o el alto grado de adhesión social a los rebeldes. Se puede afirmar que la guarnición militar y la derecha de Burgos había mostrado desde el principio el máximo fervor y apoyo a la sublevación, sólo comparable al que se dio en Pamplona  y alguna otra ciudad de la Castilla interior.  Esta, por ejemplo, fue la primera guarnición de la Península en que  se proclamó el estado de guerra, a las dos de la madrugada del 19 de julio, siete horas antes de lo previsto en los planes de Mola, y esta provincia fue de las primeras en reclutar y movilizar tropas para llevar al frente, en tener bajas en combate o en iniciar la represión en la retaguardia, también con un balance sangriento. (Se espera un estudio de Isaac Rilova sobre este aspecto y otros de la Guerra Civil).

Se ha dicho, y es verosímil, que Franco prefirió Salamanca a Burgos como lugar de residencia durante los primeros meses de la guerra por su cercanía a la línea de Portugal, que facilitaría una retirada estratégica en el caso de que la evolución de la contienda le fuera desfavorable. Avanzada esta, y con la perspectiva de la desaparición del frente norte, la opción de Burgos se imponía frente a una Salamnaca demasiado alejada en el hinterland nacionalista. Una vez más, Burgos, como ya ocurriera en la Guerra de Independencia y en las guerras carlistas del siglo XIX, mostraba su importancia estratégica para quienes se aventurarsen a cambiar la estructura de poder mediante el recurso a la fuerza militar.

             Si el emplazamiento de las juntas en Burgos había implicado la ocupación de numerosos edificios y locales en la ciudad, tanto públicos como particulares, el traslado del cuartel general y la creación del gobierno de Burgos supuso la implantación de numerosas dependencias, que se sumaron a las que ya había y, por otro lado, incrementó aún más el flujo y migratorio que toda urbe capitalicia arrastra, máxime en momentos de guerra civil. Con la estrecha colaboración del Ayuntamiento de Burgos y la Diputación provincial el nuevo régimen fue emplazando aquí sus dependencias oficiales. La casa del Cordón, que había acogido hasta ese momento a las juntas pasa a ser sede de la vicepresidencia del gobierno y del ministerio de Asuntos Exteriores (pero no cambia el ilustre inquilino de la casa: el general Gómez Jordana pasa de ocupar la presidencia de la Junta Técnica a ser el responsable de asuntos exteriores); la Casa Consistorial sirvió de sede al ministro de agricultura, Raimundo Fernández Cuesta, que era también secretario general de FET de las JONS. (Por ese motivo el alcalde, Manuel de la Cuesta, trasladó su despacho al Círculo de la Unión, donde tenían lugar las reuniones municipales); la Diputación alojó al ministro de interior, Serrano Súñer, y la redacción de Radio Nacional; el palacio de la Audiencia cobijó al ministerio de Hacienda y al del Ejército, y así sucesivamente.

 Sin embargo, no todos los departamentos se ubicaron en Burgos: en Vitoria se hallaban el de educación y el de justicia, en Bilbao el de Industria y comercio, en Santander el de obras públicas y en Valladolid el de orden público, regentado por el siniestro general Martínez Anido. (Al morir este pocos meses después sus funciones se integraron en interior, que pasó a denominarse gobernación). De todos modos, la jefatura política era única e indiscutible bajo Franco. Se había terminado la “poliarquía” política anterior y los ministros foráneos debían venir frecuentemente a Burgos a despachar y a asistir a los consejos de ministros.

            La ciudad, duplicó, como mínimo, su censo de unos 45.000 habitantes en 1936 y, aunque es imposible de certificar, pues buena parte de la población era transeúnte, pudo superar los 100.000 residentes en algún momento. Ello provocó gravísimos problemas de alojamiento como se ve por las medidas que toman las autoridades al respecto: incautaciones de edificios, peticiones de ayuda a los particulares (más tarde servicio de alojamiento obligatorio), apertura de algunos locales de hostelería hasta altas horas de la noche, etc. 

 

 

 

           

III.- EL PALACIO DE LA ISLA

 

 

           

El palacio se hallaba emplazado en la zona entonces más elegante de la ciudad: la fachada urbanística que frente al paseo y parque de la Isla se extiende entre la renacentista puerta de Santa María y el puente de Malatos, punto de salida del Camino de Santiago hacia el hospital del Rey. Era un ensanche lujoso que se había sido urbanizando en el siglo XIX tras ser demolidos los lienzos de muralla anejos al arco de Santa María por su lado oeste. En esa zona se levantaron los imponentes edificios de la Audiencia, el Banco de España y el hotel "Infanta Isabel", contiguos al ambiente más tradicional del hospital de Barrantes, el palacio episcopal y el paseo de los Cubos. Al otro lado del río había construcciones de no menor calidad: la Merced (que albergaba milicias), el instituto "López de Mendoza", la iglesia del Carmen, el seminario menor (que daba espacios para un hospital de sangre y alojamiento de tropas) y la urbanización de "la Castellana", que estaba en vías de construcción. Ambitos residenciales preferentes de la alta burguesía local: los de la Cuesta, Besson, Liniers, Plaza, Moliner, etc. En algún caso –como ocurre con el propio palacio de los Muguiro- se trataba de residencias veraniegas para gente que habitualmente vivía en Madrid o en otras ciudades. A un lado y otro del río se  habían ubicado varios conventos, dedicados sobre todo a tareas docentes para los vástagos de esas oligarquías: las esclavas, las salesas, Niño Jesús, etc.

            El Palacio de los Muguiro estaba hecho al gusto de la época –una estética historicista emparentada con el modernismo de fin de siglo- y servía de segunda residencia a una familia de origen navarro ennoblecida por Alfonso XII en los primeros años de la Restauración. El lugar ofrecía algunas ventajas: cierta amplitud, aislamiento favorecedor de la seguridad y proximidad al centro urbano y a otras dependencias del nuevo estado: el palacio de la Audiencia, el Banco de España, etc. La cercanía del hotel "Infanta Isabel" permitía sin duda el alojamiento de personalidades visitantes, cosa que era imposible en el propio palacio. Por entonces los jardines de la Isla ya presentaban un aspecto muy semejante al actual, incluso con el parterre circular de la plaza de Castilla y su jarrón artístico, que datan de 1933. A pesar de su cercanía al centro, el edificio era un tanto periférico, pues no había otras construcciones más allá en esa zona, que antiguamente había sido de lavaderos de lana, hasta el barrio de San Pedro de la Fuente.

            La finca abarca 13.259 metros cuadrados y el edificio dispone de dos plantas principales, una buhardilla habitable, un semisótano y un amplio pabellón fronterizo al paseo de la Isla. Serrano Súñer recuerda las estrecheces en que vivían en esa época, a causa de los múltiples usos que se daba al edificio (8). Las más altas autoridades también se veían afectadas por la grave falta de “espacio vital”. (Dionisio Ridruejo, Jefe Nacional de Propaganda, que vivía en un chalet de la Castellana, cuenta cómo lo tenía que compartir con otras dos o tres familias de la alta sociedad). La planta baja del palacio de la Isla tenía una función “oficial” principalmente: en ella estaba el despacho de Franco y el de sus ayudantes, una sala de espera, un salón y algunos servicios. En el salón, que podía acoger a 40 o 50 personas en torno a una mesa, se celebraban los consejos de ministros. En la primera planta estaban las habitaciones particulares de las tres familias. Carmencita, la hija de Franco, “Nenuca” para los íntimos, tenía habitación propia, pero el matrimonio Serrano, con cinco hijos pequeños, solo disponía de un cuarto para todos. En la buhardilla se alojaban algunas dependencias del estado mayor y una oficina de prensa. En el sótano se hallaban la cocina, los lavaderos, la caldera de la calefacción y otros servicios semejantes. La parte posterior del edificio disponía de una capilla de planta reducida, pero con altura hasta la cubierta. La seguridad –que era supervisada por Franco Salgado Araujo- quedaba garantizada por la Guardia Mora, que disponía del pabellón de la entrada. El edificio fue reformado en prevención de posibles ataques aéreos: se reforzó la cubierta y se habilitó un pasadizo entre el piso de la planta baja y el sótano. (Se ha llegado a rumorear que había un pasillo subterráneo que comunicaba la casa con las Salesas, pero no parece cierto).

             Cuando no se hallaba en los frentes dirigiendo las operaciones desde ‘Terminus’ (9) Franco residía en Burgos, pero no solía hacer salidas por la ciudad, salvo a actos oficiales o a misa en la catedral, acompañado por su mujer. Dentro de ese tipo de actos destacan las celebraciones ciudadanas con motivo de la “liberación” de capitales de provincia o las efemérides del régimen. Un ejemplo de los primeros tuvo lugar con motivo de la toma de Teruel, a finales de febrero de 1938; en esa ocasión el ayuntamiento concede a Franco la medalla de oro de la ciudad con el bastón de mando como “alcalde honorario” de la misma. El 1º de octubre –aniversario de la “Exaltación” a la Jefatura del Estado- o los primeros funerales por la muerte de José Antonio Primo de Rivera , el 20 de noviembre de 1938, son ejemplo de efemérides revestidas de gran boato (10). Es sabido que el último parte de guerra fue firmado por Franco estando él en el palacio, convaleciente de una gripe. La voz del régimen, el locutor Fernández de Córdoba, lo leyó solemnemente en Radio Nacional: “en el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo...” Ese día acabaron los “años triunfales” en los anales del nuevo régimen y comenzaron los “años de la Victoria”,  lo cual era más un sarcasmo que otra cosa, considerando la situación en que se hallaba el país y que en Europa iba a empezar la II Guerra Mundial justamente cinco meses después.

Por lo demás, el Caudillo y sus inmediatos colaboradores no debían disponer de muchos tiempos libres. “He pasado en este despacho los días más difíciles y decisivos de la Historia de España –dice en el momento de despedirse oficialmente- (...) y aunque encerrado siempre en este palacio  y absorbido por los apremios de la guerra, no he podido disfrutar de las delicias de esta ciudad”. Algo parecido dice Serrano: “aquí viví y trabajé con ilusión desesperada durante dos años. Aquí se produjeron momentos de gran tensión emocional y desde luego los de mayor rersponsabilidad de mi vida”. (11) También se queja Serrano de que no ha paseado por la vieja ciudad tanto como hubiera querido, pero podemos estar seguros de que no pasaba desapercibido cuando lo hacía, tan dado como era a los uniformes llamativos y a las poses estudiadas, como, por lo demás, lo eran todos los jerarcas fascistas de la época. (En este sentido, resulta significativa la simpatía de Serrano –como la de José Antonio, Ledesma y otros falangistas- por las ideas de Ortega y Gasset. El concepto del ‘führerprinzip’, esto es, del caudillaje de un individiuo escogido por la providencia, el cual a su vez se sirve de una “minoría egregia” que destaca sobre la multitud de la masa, etc., avala ciertas conductas de los grupos de extrema derecha de la época, aún en sus aspectos más superficiales, como son las aficiones por la retórica hiperbólica, los superlativos y los colores llamativos).

            El palacio servía para recepciones diplomáticas y gubernativas, como, por ejemplo, la visita del Sultán Azul de Ifni (DB.16.9.1937) o la del pretendiente carlista, Javier de Borbón y Parma (DB.7.12.1937), ambos para rendir acatamiento al Caudillo. Para entonces, Franco tenía muy claro que su triunfo final no daría pie al tránsito hacia una monarquía, ya fuera en su opción alfonsina o en la tradicionalista. (Al comienzo de la guerra, Mola había invitado al joven don Juan, posible heredero de Alfonso XIII, a abandonar España, cuando aquél se presentó en Burgos dispuesto a luchar como voluntario al lado de los “nacionales”). Muertos Sanjurjo, Calvo Sotelo, Mola y José Antonio, y, por otra parte, fracasado el levantamiento inicial en tanto que golpe militar rápido, cambiaban radicalmente las previsiones políticas de los sublevados. Como muy bien intuyeron desde el principio personas como Cabanellas o Sáinz Rodríguez, el nuevo régimen derivaría hacia una dictadura personal y vitalicia bajo Franco.

Actos de mayor envergadura protocolaria requerían lugares más amplios, como el salón principal del palacio de capitanía; a éste se recurre, por ejemplo, con motivo de la entrega de credenciales de los embajadores de Perú y EE.UU., en junio de 1939. (El 10 de mayo de 1937 tuvo lugar en Burgos –ignoramos en qué sede- una entrevista Franco-cardenal Gomá, que fue decisiva para consolidar el apoyo de la jerarquía católica al “bando nacional”. A petición de Franco, que estaba preocupado por la mala imagen internacional de su régimen tras el bombardeo de Guernica, Gomá redacta la famosa pastoral que poco después sería suscrita por casi todo el episcopado)(12).

Cuando había horas de asueto en el palacio de la Isla, las sobremesas eran amenizadas con las visitas de autoridades, que paseaban por el jardín si el tiempo lo permitía. Eran habituales, entre otros, los generales Jordana, Saliquet, Dávila y Millán Astray, quien solía contar anécdotas y chistes cuartelarios. También Ernesto Giménez Caballero solía ir de vez en cuando, según cuenta en sus memorias. Desde luego, las esposas e hijos de Franco y Serrano sí que eran vistos tanto en la ciudad como en otras localidades, al asistir, presidir o inaugurar todo tipo de actos públicos, especialmente de tipo benéfico y religioso. Solían ir con un séquito de “bellas señoritas y distinguidas damas” –por usar la cursi terminología de la época-: esposas de generales o mujeres de la alta sociedad burgalesa. Así mismo, “recibían” visitas frecuentes en el palacio de la Isla, donde la “Señora” disponía de un salón al efecto en la planta baja.

 

 

 

 

 

IV.- LA CESIÓN

 

 

 

En 1938, la ciudad de la Coruña había donado a la familia Franco el castillo de Santa Cruz y el pazo de Meirás, que habían pertenecido a la familia de Emilia Pardo Bazán. El pazo fue adquirido al precio de cuatrocientas mil pesetas, obtenidas por suscripción popular, más o menos voluntaria, con la colaboración del ayuntamiento de La Coruña, mientras que el castillo de Santa Cruz fue donación personal de la marquesa viuda del general Cavalcanti, hija de Doña Emilia.

No sabemos si fue por influencia de este donativo el que las autoridades burguesas decidieran tener aquí un gesto semejante con Franco. (Ya hemos insinuado la idea de que podía ser un medio para asegurar una vinculación permanente con el Caudillo triunfador). El caso es que, a principios de junio de 1939, dos meses después del final de la guerra,  cuando faltaban pocos para el total traslado a Madrid del gobierno, el alcalde Manuel de la Cuesta decide adquirir el palacio de la Isla y ceder su propiedad "para que sirva de residencia al Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos nacionales en sus estancias en Burgos, a fin de que esta ciudad disponga siempre de alojamiento digno de tan egregio huésped". Las estancias, se dice, "habrán de ofrecer al Caudillo Salvador de España mansión, jardines y oratorio que sirvan de reposo, solaz y comunicación con el Altísimo". En el expediente que se inicia se añade que el edificio, cuando no se halle habitado por el jefe del estado, podrá servir de residencia a altas personalidades cuando se encuentren en tránsito por Burgos. Pero, además, se pretendía que el palacio tuviera cierto carácter de monumento o museo de la Cruzada. Para ello se conservarán los despachos y habitaciones como habían sido utilizados desde mediados de 1937, incluso con los mapas de operaciones militares y los documentos de las últimas órdenes de guerra, que Franco deja expresamente. El jardín se adornaría con placas, alegorías y leyendas de los principales hechos "durante el tiempo en que el Generalísimo llevó desde Burgos sus ejércitos por rutas de inmortalidad y de Victoria". 

            Es posible que esta idea de un lugar recordatorio de la Guerra Civil tuviera que ver, en la mente de las autoridades burguesas, con la del monumento a los Caídos o las del museo de la Cruzada. Ambas propuestas habían surgido al comienzo de la contienda del seno de los municipales burgueses, pretendiendo que fuera Burgos sede de tales instituciones. (Incluso habían iniciado una suscripción popular para financiar la realización de la primera. Para sede del museo de la Cruzada se pensaba en el Palacio de Miranda). Sabido es que fue deseo personal de Franco ubicar el monumento a los caídos en la sierra de Guadarrama y que el rehabilitado Alcázar de Toledo fue algo semejante a un museo de la Cruzada. Burgos tuvo que conformarse con el monumento funerario a Mola, construido por los presos del penal de Burgos, que de ese modo redimían penas. 

            A principios de marzo de 1940 se constituyó una comisión municipal con el fin de llevar adelante la propuesta del alcalde, una vez que los ediles apoyaron esta "por aclamación". El edificio fue adquirido a Doña Mª Francisca de Muguiro, viuda de Juan Muguiro, por 821.025,22 ptas., que fueron costeadas a partes iguales por el ayuntamiento de Burgos y la diputación provincial. (Ambas instituciones, en lo sucesivo, harían frente del mismo modo a cuantos gastos originaran las reformas, amueblamiento y mantenimiento del edificio).

            Se constituyó una comisión mixta especial, formada por concejales y diputados provinciales, bajo la presidencia del edil José Ramón Echevarrieta, para garantizar el mantenimiento del palacio y hacer las reformas que fueran necesarias de modo que estuviera siempre disponible en las mejores condiciones. No había pasado un año y esta comisión había empleado ya más de 300.000 pesetas adicionales para la adquisición de muebles, vajilla, alfombras y otros enseres para el palacio. Dado que las arcas municipales habían salido de la guerra sin liquidez y endeudadas, como se ha apuntado, las corporaciones se ven en la tesitura de pedir un nuevo préstamo a la Caja de Ahorros Municipal por más de 600.000 pts., que se añade a los ya contratados anteriormente y que agravan aún más sus cargas financieras.(13) Además del amueblamiento, la comisión se preocupa por solicitar del alcázar de Toledo y de los ayuntamientos de Badajoz, Madrid, Teruel, Belchite, Oviedo, Andújar ( María de la Cabeza) y otros que envíen a Burgos “sillares, piedras o restos de columnas” que recuerden las gestas pasadas y que puedan adornar y servir de testimonio para la posteridad  situados en los jardines del palacio de la Isla.(14)

             Mientras tanto, se hacen gestiones para que se haga cargo del edificio la Dirección General de Bellas Artes, reconociéndolo como monumento histórico-artístico. Y, aunque el director general, el marqués de Lozoya, señala que “el edificio carece de cualquier valor artístico”, el informe de la Real Academia de la Historia resalta su valor porque “durante la Cruzada Nacional  sirvió de residencia al Generalísimo de los ejércitos y Caudillo de España, en la ciudad de Burgos, y en el cual se concibieron los más gloriosos hechos de armas”. A consecuencia de esto, el palacio pasa al patrimonio nacional (al parecer, Franco se negó a aceptarlo como donación personal), de modo que en lo sucesivo las reformas y gastos de mantenimiento, en teoría, irían a cargo de los presupuestos del Ministerio de Educación, del cual dependía dicha dirección general. Y decimos “en teoría” porque la comisión mixta siguió existiendo durante muchos años, hasta la década de los sesenta, por lo menos, y haciéndose cargo de algunos gastos, sin que conste ningún tipo de compensación por parte del Estado. La dirección general también hizo algunas aportaciones, como la adquisición de dos paisajes de Marceliano Santamaría, en 1944, por valor de 30.000 pesetas.

            En la posguerra inmediata, Franco solía venir, bien solo o acompañado por su familia, casi todos los veranos, pasando algún día en el palacio. A veces iba de paso hacia las playas del norte o bien venía expresamente para alguna celebración protocolaria. Las visitas eran preparadas de antemano por la citada comisión y cada vez era necesario, por ejemplo,  pedir al arzobispo el traslado de ciertos tapices de la iglesia de San Esteban para adornar algunas estancias del chalet (como, al parecer, ya se había hecho durante la guerra) y hacer algunas reparaciones y abastecimientos de urgencia. Ocasiones destacadas que merecieron la presencia del dictador en Burgos fueron las celebraciones del milenario de Castilla, en 1943, el X aniversario de la Exaltación a la Jefatura del Estado, en 1946, la inauguración de la estatua del Cid, en 1955 y los XXV años de paz, en 1961. (Con ese motivo se celebró un consejo de ministros en el palacio de la Isla, recordando viejos tiempos, si bien los ministros más significativos –tecnócratas del Opus como Ullastres o Navarro Rubio- poco tenían que ver con la guerra) Franco también acudió a algunas inauguraciones: barriadas de viviendas sociales –en Reyes Católicos o la Inmaculada-, el colegio Padre Aramburu, ciertas fábricas del polígono industrial, como la Firestone, etc. Una vez y otra Franco recibía el servicio y homenaje de una ciudad que hacía gala de conductas casi vasalláticas para con el nuevo Cid contemporáneo.

Pero, como dice el poema de de este: “Nos huebos habemos en todo de ganar algo/ bien lo sabemos que él algo ganó...”. Y así, en 1964, presidiendo un consejo de ministros con los citados tecnócratas, decide emplazar en la Cabeza de Castilla un polo de promoción industrial  que iba a cambiar el destino de la ciudad. Al parecer, las intenciones originales del gobierno eran ubicar el polígono en Aranda de Duero, pero las fuerzas vivas de Burgos se movilizaron poniendo en juego cuanta influencia podían ejercer sobre el jefe del estado, recordándole los viejos apoyos y servicios a su causa, y ello debió der determinante en la decisión final, un tanto salomónica, como solían ser las de Franco: la Cabeza de Castilla se quedó con el  polo de promoción industrial y a Aranda se la compensó con un centro de descongestión industrial de Madrid. Como diría años después el alcalde José Mª Peña: “De algún modo tenía Franco que pagar a Burgos...”.

            Ya en la transición, muerto Franco, el patrimonio nacional revertió la propiedad del palacio al ayuntamiento y la diputación, en cuya propiedad se encuentra actualmente. Como es sabido, estas instituciones cedieron el uso del inmueble para que sirviera de sede a las instituciones autonómicas de Castilla y León, cuando estas comenzaban su andadura y, más tarde, a la policía nacional, a raíz de que un atentado de ETA destruyera sus oficinas en la actual avenida de Cantabria.

 

 

 

 

            NOTAS

 

 

1.      Sueiro, D. y Díaz Nosty, B. Historia del franquismo., Ed. Sarpe. Tomo I, pag. 14.

 

2.      Oliveras Huart, A. Monasterio de las Huelgas, palacio de la Isla y monasterio de Santa Clara de Tordesillas. Ed. Del Patrimonio Nacional, s.f. Pag. 46

 

3.      Archivo municipal de Burgos, libro de actas del Pleno del Ayuntamiento. Marzo de 1939.

 

4.      Merino, I. Serrano Suñer. Historia de una conducta. Ed. Planeta. Pag. 247

 

5.      Oliveras Huart, op. Cit. pag. 47. Los condes de Muguiro eran una familia de origen navarro ennoblecida en los primeros años del reinado de alfonso XII. Algunos de sus miembros debieron pertenecer a Renovación Española. El titular actual de la casa de los Muguiro es Carlos de Muguiro e Ibarra, casado con una hija de Ramón Serrano Suñer.

 

6.      P. Preston. Franco, ed. Mondadori, pag. 356.

 

7.       Diario de Burgos, 16.7.1937

 

8.      Serrano Suñer, R. Discurso de Burgos, Institución Fernán González, 1971.

 

9.      Terminus era el nombre con que se designaba el vagón de ferrocarril o el vehículo rodado utilizado para transportarle. Tras las muertes de Mola y Sanjurjo en accidentes de aviación, el Caudillo dejó de usar el avión como medio de transporte para visitar los frentes. Tampoco usó Franco este medio en sus múltiples viajes después de la guerra, a pesar de que había un “F” dispuesto permanentemente a su servicio. (Debo esta información a un oficial retirado de la gurnición de Burgos, de cuyo nombre no me acuerdo).

 

10.  Ese primer “20-N”, en 1938, oficializó el culto al “ausente” José Antonio, de cuya muerte no se había dado cuenta oficialmente. Por cierto que, con ese motivo, se ordenó grabar en los muros de las iglesias y catedrales los nombres de los “Caídos por Dios y por España”, junto con el recuerdo a José Antonio, que se unió al de Calvo Sotelo “protomártir”. La idea de las inscripciones fue de Dionisio Ridruejo, Jefe Nacional de Propaganda. Dichos grabados e inscripciones aún se pueden ver en muchos templos españoles, incluso, ya muy borrado, en el muro lateral derecho de la puerta del Sarmental.

 

11.  Merino, I. Op. Cit. Pag. 230

 

12.  Thomas, H. La Guerra Civil, tomo 2, pag. 341.

 

13.  A.M.B. Expediente sección de alojamientos, nº 1732. Para hacerse una idea de estos gastos extraordinarios conviene tener en cuenta que el presupuesto ordinario del Ayuntamiento rondaba los tres millones y medio en 1939.

 

14.  Según el citado expediente, tales recuerdos fueron enviados a Burgos en su        mayor parte, y debieron colocarse en el jardín del palacio, al menos por un tiempo, pero no hemos podido averiguar qué fue de ellos posteriormente. En la actualidad solo existe una lápida incrustada en el muro lateral izquierdo del jardín, representando una virgen, que bien pudiera ser parte de una capilla u oratorio del palacio original. (Debemos esta información y otras a la amabilidad del actual conserje del palacio de la Isla)

 

 

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